Se fue solo y volvió también solo por la mañana, con su sonrisa perenne brillando en su rostro deformado por el cansancio y el alcohol. Se que no valgo para nada, me dijo mientras enrollaba un billete de cinco euros, pero la quiero como nunca antes.
Hacía unos meses que ella lo había dejado, pero de vez en cuando todavía se veían, donde hubo fuego… Otras veces no follaban, sólo se encontraban para poder discutir y hacerse daño, cuestión de costumbres, a veces ella sólo le decía que se había acostado con otro, él que se había ido de putas. Muchas veces no era cierto, pero eso no importaba. Cada uno pensaba que el otro nunca sería capaz de mentirle, no cabe la mentira en una relación de un amor tan sincero.
Aquella mañana él llegó muy borracho a mi casa, hablaba de autodestrucción, de odio, y sin dejar que una sola lágrima se acercara a sus ojos, me dijo que cuándo le diera por ahí se iba a suicidar, que acabaría colgando del techo de su casa. Pero antes vendería todos los muebles, se quedaría sólo con la silla que empujaría con sus pies. No quería que nadie disfruara de su herencia. Yo después de mirarle a los ojos sólo pude negar con la cabeza y ofrecerle otra cerveza. Siempre hay una cerveza en mi casa para un amigo.